Concentrar el valor de una experiencia de veinticuatro días en el Himalaya en una cima pasa por ser un poco absurdo. Pasado el ecuador de nuestro viaje, podemos resumirlo en risas, paisajes asombrosos, grandes partidas de cartas, relaciones que se recordaran durante años y además observar la vida de estos nepalíes de los que tanto tenemos que aprender.
También hemos intentado monte; ascendimos el Gokyo Ri de 5300m, cruzamos en Cho La Pass de 5400m, el grupo del campo base de Everest ha intentado el Kala Patthar de 5500m y llevamos más de una semana caminando por encima de 4500m.; hoy además, hemos atacado el Islan Peak de 6189m, una montaña pegada al Lhotse de 8501m que parecía pequeña y asequible.
Ayer nos acostamos a las seis de la tarde y también ayer nos levantamos a las doce de la noche, a los diez minutos de comenzar a andar, esa idea de que este monte sería una cuesta de vacas desapareció, el sendero iluminado por nuestras frontales serpenteaba vertiginosamente sin ningún descanso. Parábamos cada hora a beber y a descansar. Pese a que caminábamos despacio, íbamos con exceso de peso y el cansancio no tardo en aparecer. Nos habíamos pasado de prudentes, a parte del material personal portábamos cuatro cuerdas, tornillos de hielo, estacas, mosquetones y demás... ya nos habían dicho que la vía estaba equipada en la parte de la nieve, pero aquí no te puedes fiar.
Antes de amanecer la primera baja, sin dormir apenas y vomitando al levantarse, las fuerzas le acompañaron hasta el comienzo de la nieve, en un alarde de honestidad, para no perjudicar al grupo y únicamente avisando a una persona para no hacerse notar, uno de nosotros comienza el descenso en plena noche, los demás nos enteramos todavía en la oscuridad cuando nos estabamos colocando los crampones. Hemos de continuar en cuatro cordadas, por pendientes inclinadas pero seguras porque tienen mucha huella, llegamos a la base del corredor de 240m. que da acceso a la arista cimera, nada más comenzar el primer largo de cuerda fija, se suelta el primer crampón, en la pendiente de 65º y colgado del yumar, reparamos el problema, pero esta misma situación se repite en dos ocasiones más, no queda más remedio que asumir el problema técnico y comenzar el descenso ahora que todavía es posible, continuar en esas condiciones es un resbalón seguro y como consecuencia una caída fatal. En la pendiente la decisión es difícil, y pese a que sobra la resistencia la seguridad manda, es la segunda baja, el resto continua yumareando, cramponeando, golpeando con el piolet la pendiente helada, tratando de arrancarle al fino aire el oxigeno que nos niega. Por fin uno tras otro alcanzamos la arista cimera, después 150m por el afilado cuchillo que separa las dos vertientes y tomamos al abordaje el punto más alto de esta gran montaña. Apenas cabemos los once, así que nadie puede sacar una foto de grupo, nos tiene que bastar con pasar cinco minutos observando el paredón del Lhose, solo escalado en una ocasión y el pilar oeste del Makalu que termina en su cima, no podemos pedir más, solo queda brindar a nuestros dos compañeros esta cima que es tan nuestra como suya. Rubén Jiménez